Venezuela, Mi Patria querida

 

Ser venezolana es tan difícil de explicar. Lo que duele, lo que angustia, es una noticia perenne y un duelo que se instaló en el pecho, en el alma y en la mente.

Ojalá las palabras pudieran describir lo que se siente y cómo se vive. Sentarme a contarte no alcanza; ni el tiempo es suficiente.
Somos un pueblo de fe, pero a Dios se le ofende constantemente desde la cúpula, desde la muerte, desde la falsa ofrenda y desde la ausencia de dirigentes. Ahorita solo tenemos payasos usando a los santos para seguir llenándose de billete.
Estoy dolida y cansada, llena de rabia, impotencia y furia. Quiero llorar y gritar tan fuerte. No entiendo, y mis emociones mucho menos. Una madrugada te llaman y te dicen: «¡Amiga, lo agarraron!». Al pasar los días, te das cuenta de que fue solo una pausa, porque los criminales siguen en el poder todavía.
Uno sigue pa’ lante, con la oración en la boca y la ilusión completica, pero lo que no sabíamos era que la tierra temblaría. Tan duro, tan rápido, que la mayoría no pudo alcanzar la salida.
¡Ay, panita! Cómo dueles. Que alguien me diga: ¿cómo se hace? ¿De qué nos hicieron? No me abraces muy fuerte porque entonces me quiebro. Es mi gente, es mi pueblo, son mis raíces.
Me despierto y me acuesto pensándote, Venezuela, mi patria querida. Mi tierra con olor a mango, de sol y arena, de tierra húmeda y montañas verdecitas, de gente linda y aguerrida. Los bendigo a diario y hoy, más que nunca, tengo el pecho inundado de tristeza, pero también de orgullo, porque de ustedes siempre estaré agradecida. Agradecida por haber nacido ahí, por crecer en tus calles y porque mi corazón sea amarillo, azul y rojo, con siete estrellas de triunfo que iluminan la victoria que tenemos tan merecida.
Te amo, Venezuela
Elizabeth C. Arellano Espejo.



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